Aaron Koblin: nuevas narrativas para el arte y el periodismo

 

Cuatro condenas a muerte (ninguna de ellas ejecutada, afortunadamente), 27 revoluciones y decenas de países en guerra visitados no hicieron mella en la honestidad y pasión de Riszard Kapucinsky. El polaco, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2003, fue durante sus muchos años de profesión y hasta su muerte en 2007 un ejemplo de lo que debería ser un buen periodista. En su libro Los cínicos no sirven para este oficio, Kapucinski reflexionaba con la sinceridad despojada de poses que siempre caracterizó su estilo, acerca de las cualidades que debía tener un buen periodista: “Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino”. Testigo presencial de alguno de los acontecimientos del siglo XX que configuraron el mundo tal y como hoy lo conocemos, Kapucinsky nunca dejó de preocuparse de la influencia que los profesionales de la información podían tener en las sociedades. Precisamente por ello, en sus últimos años reflexionó con cierta desconfianza sobre las nuevas tecnologías y el efecto deshumanizador que ejercían sobre el trabajo de los reporteros, al alejarles de su relación directa con la gente.


Es cierto que en estos tiempos de drones, vídeos 360º, conexiones en redes sociales y realidad aumentada, a veces el ruido digital hace que se cumplan los peores temores del maestro polaco. Pero viendo trabajos como el de Aaron Koblin, uno de los artistas y diseñadores jóvenes más brillantes de la actualidad, se puede mantener la esperanza de que todavía es posible contar bien las historias que importan. Junto a su socio en Whitin, Chris Milk, Koblin realizó para Naciones Unidas Clouds about Sidra, un cortometraje documental en realidad virtual sobre la vida de una niña en un campo de refugiados de Jordania. La película, proyectada en el Foro de Davos, hizo que las lágrimas afloraran entre gran parte del público.

Antes de fundar Whitin, Koblin ya era un reputado artista digital: sus obras forman parte de colecciones como la del MoMA de Nueva York o el Centro de Arte Georges Pompidou en París y ha trabajo en innovadores proyectos con músicos como Arcade Fire o Radiohead, siempre buscando integrar en la narración las nuevas tecnologías y el big data. En Whitin, aseguran Koblin y Milk, están convencidos de que contar historias en realidad virtual puede hacernos “más compasivos, más empáticos, más conectados y, en última instancia, más humanos”. Justamente aquello que siempre buscó con su trabajo Kapucinsky.

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